Exprimirte. Tomarme el zumo de tu indecisión, sacarte las pepas amargas y morderte la cáscara. Tengo ganas de desencajarte la mandíbula, de hacerte muecas con cilantro entre los dientes. Si pudiera comprarte por libras lo haría y prepararía contigo una crema de chocolate o una sopa hirviendo. Te derramaría como salsa de carne sobre un par de tostadas, luego te daría un mordizco y me limpiaría la boca con el mantel de rositas azules y moradas de tu mamá. Postre. Sólo haría falta un par de fresas para revolverte la cabeza, Capuccino. Jugaría a hundir el pitillo en tu espuma (que baila tango con la canela en polvo). Me robaría los portavasos de todos los cafés, escribiría canciones detrás de cada uno y los pegaría en las sillas de los buses. Te llenaría la nariz de vinagre y le subiría el fuego a todo lo que vale la pena de nosotros. Un beso. Una copa de vino tinto. Otro beso. Llegué. Acá me bajo, Banquete.