Una jovencita en un bus. La Tierra se mueve y ella debe girar con ella. Metida en una vitrina que rueda y que exhibe gente parada, sentada, dormida y colgada. Todos creyéndose interesantísimos por «saber cuál es su destino». Timbran y se bajan por simple costumbre, no porque realmente quieran llegar a sus casas. En el fondo, todos quisieran que algo extraordinario ocurriera, como que al bus le salieran alas y así el día dejara de ser tan normal. Pero siempre se quedan con las ganas. Todos ven por la ventana esperando que algún extraño se suba y les incomode un poco la tarde. Pero nada pasa.
Llegó el momento, nuestra jovencita debe bajarse. Se levanta de su puesto con gracia, no sin antes dar una última mirada a su lugar en búsqueda de algún objeto olvidado. Todo en orden. La vieja que fingió no ver para no cederle la silla gruñe (no se sabe si de felicidad o de odio) y se avalanza en dirección a ella como si quisiera matarla. Su decrépita y flácida existencia sólo quiere descansar en la silla, ahora vacía y caliente, que resalta en el fondo del bus. La jovencita se sabe esta escena de memoria y bosteza (yo me paro, ella se sienta), de modo que decide volver a sentarse y de esa manera, sacudir la vitrina. A la vieja se le brotan las venas del cuello y tambaleando, vuelve a agarrarse del tubo. La odia. Ya se le pasará.