Él y Ella.

Empecemos.

Entre sumar y restar, él prefería restar. Yo dividir. Entre dormir y comer yo prefería dormir. Él soñaba con poder hacer ambas al tiempo. Yo le decía que era un tramposo, que esa no era una respuesta, que tenía que escoger. Él decía que yo era muy complicada. Yo me iba de la casa una semana histérica. Él iba por mí al café de siempre y me pedía disculpas. Me decía que ya sabía qué prefería. Comer. Yo hacía cara de «te perdono» y me iba a la casa sabiendo que él seguía con la idea de comer y dormir al tiempo.

Entre cocinar y pedir a domicilio no había discusión. Él cocinaba o llamaba al sitio en cuestión y yo no hacía nada. Si yo no estuviera te morirías de hambre. Si tu no estuvieras me moriría de tristeza. Momento rosado. Te toca irte de la casa esta vez a ti, te recojo en el café en una semana. Era divertidísimo cuando él se iba, pues yo hacía trampa y lo seguía. Nunca se dio cuenta (o si lo hizo la que no se dio cuenta fuí yo). Verlo actuar sin mi por ahí, saludar a la gente y caminar pisando todas las rayas me enloquecía de amor. Llegaba animada al café y le preguntaba -¿le puedo servir en algo señor?- Él solo me sonreía. Qué rico verte.

Entre soñar y vivir, él vivía por los dos, yo me la pasaba soñando. Me acuerdo perfectamente del día que supimos que éramos el uno para el otro. Nos preguntaron qué prefieren: leer o escuchar música. Ambos hicimos caso omiso a la pregunta, nos paramos y nos fuimos. Qué vieja tan ridícula. Tienes toda la razón. Fue mágico.

Pero se terminó. Hablemos de otra cosa.

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