El primer día noté que miraba con rabia el reloj, como si lo odiara. Parecía como si su cabeza la incitara a pelearle, metérselo en la boca y gritarle. Pero ella no se movía, no era capaz de mover un dedo. Dejar a los domingos sin seis de la tarde habría sido bueno, pero, ¿cómo saber qué parte comerme? ¿Y si me como un tornillo incorrecto, apago y digiero la media noche?, me dijo.
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Pensaba, pensaba mucho. Pensó hasta que el reloj comenzó a responderle. Era impresionante cómo le gruñía. Ella era feliz, se podía decir que se divertía. Si no lo hubiera visto con mis ojos, no lo habría creído. De un momento a otro, se quedaron quietos, completamente inmóviles. Ella me explicaba que estaban jugando a hacer serios y ahí si me preocupé. Muerta de la risa me decía que eran las cuatro de la tarde, que no me angustiara. Que si me tomaba tan en serio el juego, perdía un turno y el tiempo iba más lento una ronda. También me explicó: como los perros, el reloj huele el miedo. Hagas lo que hagas, no temas, me decía cogiéndome de los hombros. Y salía corriendo. El reloj me sacó la lengua ese día y desde entonces no recuerdo nada de lo que quisiera y tengo presente todo lo que quisiera olvidar. Mi memoria y el reloj pelearon a las cuatro y media de la tarde.
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En una fecha precisa a una hora justa. Y el reloj hipócrita seguía hablando de sensatez y cordura, de límites y circunstancias. Yo ya me quería ir a mi casa, estaba exhausta. Los miraba divertirse y sentía desespero. Te voy a callar de un puño pedazo de número digital. Pasaron las horas que no me parecieron eternas, en realidad lo fueron. Este no era un dilema de apariencias. El tiempo finalmente se quedó callado y se me comenzó a acercar. Daba un paso y sonreía. Sentí escalofríos, no sabía qué hacer. De repente, cuando me tuvo cerquita, lo cogí y me lo metí en la boca. Después de tres tics y un tac que se enredó en mi paladar, el reloj explotó.
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Si dos días no fueran nada, siete días serían tres veces y un poquito de nada. Pero tengo un problema, esos días fueron algo. Multiplica entonces por algo, no por nada.