Comparando

Y como en toda cosa caliente, un «pero»: una nata encima del café con leche. Es rico molestarla con el dedo y jugar con ella, hacerla bailar y mezclarse un poquito. Incluso hablarle. Pero jamás la sacaría de la taza, ni la alzaría para ver cómo se despega del líquido y mucho menos me la metería en la boca. Y de ser así, ni en cien años me la tragaría.

¡Ay! me acuerda a tí.

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