Es raro cómo algo que un día, que fue tu vida,
puede al otro día ser eso: un día.
Cualquier otro día.
Te despiertas y sientes que puedes vivir sin él,
sin eso que ese otro día fue tu día,
que tu día no habría sido ese día sin él, sin eso,
sin ese(a) idiota mirándote interesado(a).
Que ese idiota interesado,
que fue tu vida, hoy es otro día.
(y lo llamas idiota porque ya no es tu día y eso te duele,
de lo contrario no lo harías).
Y no te estás diciendo mentiras,
eso que creías que era tu vida,
lo fue, sí lo fue… sólo que ya no lo es.
Lo sientes,
sabes que puedes conseguirte otro día,
otra vida (de ser necesario).
Y lo haces.
Lo haces sin pedirle permiso al idiota del otro día,
al otro día, sin pedirle permiso a tu otra vida.
Te gusta y te quedas jugando a la mujer/hombre de las mil vidas.
Mujer que agarra, exprime y suelta. Que deja puertas de vidas abiertas.
Hombre que siente cuando tiene que sentir,
que sintió cuando era necesario que lo hiciera.
Sin dolor, te especializas en soltar los días,
como tejas que sueltan gotas de agua.
Sin pensarlo dos veces las desprendes de ti.
Y se estrellan contra la tierra.
Agotan las formas, las gotas.
Y se vuelven espejos de piso.
Charcos que nunca podrán volver a ser agua pegada al tejado.
Pero que lo fueron un día.
Y te consta que fue así, porque los viste en forma de gotas,
lo fueron porque los viste ser.
Porque fueron tu día.
Por un segundo fueron lo único que existía.
Soltar justo a tiempo,
has aprendido a hacerlo.
Te convertiste una persona capaz
de sacarle jugo a la naranja y botarla justo antes de llegar a la cáscara.
A veces se trata de evitar que
las situaciones se te vuelvan agrias y predecibles.
A veces sólo sueltas a la idiota del otro día porque sabes que no siempre fue una idiota,
sino que todas las buenas cosas
merecen terminar como comenzaron. En la nada.
Aprendes a las malas
que el charco es el idiota,
que otra historia es la de la gota.
Que los charcos se confunden entre ellos.
Que las gotas no, que las gotas saben mantener su forma,
hasta que no lo hacen.
Decía que los días terminan en la nada,
en el reino de los ayeres y de los mañanas,
de los otros días.
En el reino donde todo puede ser un día,
el mejor de los días, pero en potencia.
En el reino donde todo es posible,
donde por no estar realizado ningún día,
todas las gotas se reúnen.
Donde residen todas las combinaciones,
donde todos los tipos de galleta con los tipos de leche se mezclan
y hacen de ese reino el mejor de todos los mundos.
Porque nada de eso existe.
Todavía.
Pero todo podría hacerlo.
Y de la nada el viento te traerá,
quizás mañana, quizás no lo hará,
otro día por el que darás tu vida,
por el que no podrás dormir.
Un día por el que dormir te asustará.
Porque te acordará la posibilidad de perderlo,
o de volverlo a ver.
Donde lo único que verás será la incertidumbre.
Los recuerdos son las fotos mentales de las gotas.
El agua es eso.
Corriente, contingencia y azar,
fortuna de estar.
Felicidad de haber vivido.
Melancolía por no perdurar.
Se acabó,
una vez más va a volver a comenzar.
O va a terminar.
Depende.
Si estás viendo al idiota, a la gota o al charco.
El proceso se llama cambiar y nos pasa a todos.
Gotas que se escapan de las manos, que se desprenden.
Agua que no aprende.
No, no es cierto. Hay charcos que nacieron así y nunca serán gotas.
Y hay gotas medio idiotas que saltan a charcos cuando no les toca.
Cambia lo que tiene que cambiar.
Cambia lo que quiere cambiar.
En todo caso todo cambia.
Y duele o alivia.
Bien sea porque quiere o porque le toca.
Que es lo mismo,
a veces.
Pero no siempre.
Hay gotas que parecen eternas.
Que lo son en mi cabeza.
En todo caso, las gotas son muy bonitas.
Y he conocido varias,
colgando transparentes, perfectas.
He tenido muchos días, muchas vidas.
Y aún entre el charco las puedo ver,
les sonrío y ellas lo saben,
así ya no sean.
Sé que fueron y eso me basta.
Eso y entender la diferencia.
Y que otros no lo hagan.
Me encanta.
