Temperatura de la gente

Hay gente que destruye todo lo que toca y hay algunos que ni tocan ni destruyen nada. No sé a quién soporto menos. Creo que prefiero al que manosea, al que mete las manos en el pantano y se las mete en la boca para saber a qué sabe sentirse realmente mal del estómago. Lindo el que compra lupas en los semáforos y comprueba con sus propias manos y ojos si es posible quemar con ellas a la gente mala. Freír hormigas. El que juega a ser otras personas para ver las reacciones de la gente frente a un loco demente. Generalmente me enamoro de esa gente, me dejo deslumbrar por los extremos escandalosos del silencio sepulcral, del que no se deja conocer, del que huye de mi y acepta su timidez extrema, jurando que así no voy a volver a picarlo. También me atraen los gritos de diva eléctrica montada en una tarima de mentiras. Me encantan las divas con sus gafas oscuras, que se esconden entre la gente y se someten como una rana a la disección social. A que las miren y hablen de ellas, a que las envidien. Me gustan los límites, o mejor, me gusta ver a la gente valiente tantear sus propios límites. A la gente sin instinto de supervivencia tomándose la lluvia estancada «en las rocas» y con pitillo. Me gusta la gente que no sabe vestirse de gris. Que físicamente no puede reírse discretamente en el cine.

Supongo que me deslumbra lo que se nota, lo que salta a la vista. Me gusta lo que inunda sin piedad, las verdades que se riegan y mojan. Me gustan los mundos que pelean por ser reconocidos, que se niegan a ser olvidados. Las personas que pelean por su espacio en la memoria de los demás. Identificarlos es fácil: verle bien los ojos a una persona basta para identificar si se trata de un frío, un caliente o un tibio. Los fríos, te quitan la mirada o se muerden el labio o te dicen que ya está tarde y te intentan distraer mostrándote su reloj. Divinos. Los calientes, las divas calientes, te miran con miradas practicadas, miradas que han hecho ejercicio frente al espejo para mantenerse fuertes frente a la tuya. Las divas quieren básicamente atravesarte, marcarte. Divas coquetas. En cuanto a los tibios, bueno… ni siquiera son capaces de leer hasta el final de este texto. No tengo nada más que decir. Ningún tibio me ha marcado la vida, no está en su naturaleza hacerlo tampoco.

Confío en la gente que huele la comida antes de metérsela en la boca, confío en la gente que desconfía de mi. Esas personas tan limpias y tan de película, tan dobles y tan poco protagonistas, no sé, tendrán su gracia, pero no soporto su reflejo gris. Ahora menos que nunca. Antes, resultaban ser relleno de almohadas y era delicioso, pero últimamente, últimamente no me soporto ni mi propia indecisión.

Y aún así me molestan quienes suponen tener aprendido el planeta. Divas calientes malolientes. Aquellos que no ven más allá de su juego de sentidos, de su conjunto de metáforas y el olor de su propio perfume. Odio a las personas presumidas que no son capaces de doblegarse frente a lo sexy que puede resultar un argumento aterciopelado. Me pica la vida, me rasca la cabeza ver que hay gente tan caliente que no es capaz de ver a través de los ojos de un frío y entender que tiene sus razones para ser así. Que así aprendió a sobrevivir y es encantador. Saber callar es un arte. Tontos los fríos que piensan en su soledad que son menos que las divas locas. Que se encierran en sus cuartos y lloran creyendo que la suerte nunca tendrá vestido de frío. Tontos los fríos que se quedan como libros cerrados durante toda su vida.

Odio a la gente que se escuda en su extremo pero también me molesta la gente que no escoge y defiende ninguno de los dos (extremos). Ahora que lo pienso, me odio un poquito por creer que sólo hay dos extremos. Creo que hoy odio a mucha gente y mi papá dice que eso está mal. Acabo de dejar un pedazo de carne fresca acá escrita y se siente delicioso.

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