Una mujer, Linda, dibujando bocas en el espejo empañado del baño de la casa de su novio. Tiene el pelo mojado, a medio enrollar en una toalla. Huele a jabón de fresa. Su novio toca la puerta tres veces.
Se baja del mueble del lavamanos (con cuidado de no resbalarse y ser víctima de una muerte ridícula) y se acerca a la puerta sudorosa. Se agacha sosteniéndose la toalla con una mano y saca su dedo índice de la otra mano por debajo de la puerta. Hola mi amor.
–Cuánto tiempo llevas ahí metida, sal ya que se nos va a hacer tarde.
–No quiero ir, lindo. Ve tú solo.
–Linda, pero me prometiste…
–Ay ya sé, responde mientras mueve el dedito mojado. Uno no debería ir por ahí prometiendo tanto. Te prometo que la próxima vez no lo haré, no te prometeré… bueno, si no estoy segura de poderlo cumplir.
–Linda, no seas así. No quiero volver a llegar tarde.
–Es que hoy no me siento bien. ¿No has oído que las mujeres a veces no nos sentimos bien y no es culpa nuestra?
–Sí, pero hace cuánto…
–Pues yo soy una mujer.
–Odio cuando haces eso.
–¿Hacer qué?
–Olvídalo, voy a ir solo.
El hombre se despega de la puerta y se sienta en la esquina de la cama recién tendida. La mujer abre un poquito la puerta, un hilo de vapor sale bailando del baño. Saca la boca por la pequeña ranura. Si te vas a poner así, entonces voy a ir. El hombre se para y se dirige hacia el baño. La mujer cierra la puerta.
–Linda, ábreme.
–No no, yo creo que ya se te hizo tarde. Si quieres ve yendo y me voy caminando. Estoy lista en cinco minutos.
–¿Cómo se te ocurre que te voy a dejar ir caminando tan tarde?
–No me parecería raro que lo hicieras.
–¿Qué?
–Nada. No seas terco. Vete, yo me puedo ir en taxi.
–¿Segura?
–Ajá, segurísima.
–Ok, Linda, entonces no vemos allá.
–Sí.
El hombre se pone su abrigo negro, busca las llaves del carro, cierra la ventana y todas esas cosas que uno hace antes de salir. Se dirige a la puerta principal. Sale del apartamento.
–Lindo, ¿ya te fuiste?
Nadie responde.
La mujer sale del baño, enrollada en su bata rosada y cierra la puerta del cuarto. Se acuesta en la cama boca arriba, con los brazos y piernas extendidos cual estrella de mar. Cierra los ojos.
He perdido oficialmente la autoridad. En la misma medida, ha crecido mi ansiedad. Y no sé si es el hecho de dormir tanto lo que me tiene flotando de esta manera, pensar en lo que viene, en lo que no sé y quisiera saber, o en el dolor de garganta insoportable que tengo desde esta madrugada. No me siento feliz, nunca lo he tenido más claro que hoy.
Se para de la cama y se viste en exactamente siete minutos. Se mira al espejo.
–De Linda no tendré nada esta noche.
Se va caminando (y a él le va a decir que se fue en taxi para que no arme un escándalo).
