Reírse con.

La diferencia que existe entre una persona que se ríe de uno y una que se ríe con uno. En el primer caso, la persona no se involucra, poniéndose los zapatos cómodos (las pantuflas) de espectador. Se trata de la mirada que acompaña el brazo de una persona que se dispone a sacar la basura. Es una mirada lejana, una mirada que entre más estira el brazo, mejor. Que no toca lo que ve, pues no quiere contagiarse.

En el segundo caso, la persona toma las riendas del asunto (y con esto, me refiero a que cree en sí misma y en lo que considera correcto, sin saber nunca si haciéndolo, se está poniendo la bolsa de basura en la cabeza). Es aquella que se ríe a carcajadas, que no se fija del momento en el que el resto haya superado el chiste. El chiste dura lo que ella considere que debe durar. No se queda con las ganas.

Hay quienes escuchan la historia tímidamente, sonriendo de vez en cuando, desconfiando, asintiendo por cortesía. Sin embargo y para mi sorpresa, aún quedan quienes no se contentan con eso. Son tan pero tan vivos (todas las acepciones de la palabra funcionan), que cuando escuchan una historia prometedora, jamás dejan pasar la oportunidad de hacer parte, de involucrarse. Y créanme, de bobos no tienen un pelo.

Pues bien, debo decir que me gusta ver a estos últimos. Y hoy quiero detenerme en ellos. Los admiro y a veces me antojo de ser como ellos.

Este tipo de personas -no es que las conozca a todas ni mucho menos, pero uno generaliza para sonar más convincente- se caracteriza por no tenerle miedo al ridículo y en general, por no temerle al error. Es más, hay casos en los que abrazan el error casi con las mismas ganas que el no-error. Abrazan su vulnerabilidad. Y no sé, yo creo que quien no es vulnerable al sufrimiento, no es vulnerable al amor y esas cosas bonitas. Saquen sus conclusiones.

Lo bueno es que eso de «abrirse a la propia vulnerabilidad» es una decisión, no una condición. Uno nace vulnerable, disponible, abierto a las posibilidades y libre de prejuicios y aunque no quisiera decir «la sociedad lo corrompe», es un camino fácil que tomaré para que me entiendan. Es el caso del niño que le tiene miedo a la oscuridad y grita «¡nos vamos a morir todos!» cuando se va la luz. El mismo niño que cuando crece olvida que se va a morir y por eso duerme tanto. Y compra cortinas para que no le entre luz al cuarto. Y le dice a sus hijos que no sean bobos, que no lloren, que la luz siempre vuelve. Y muere por no prender la luz al bajar las escaleras.

Esa no es la única alternativa. Decidir recordar lo vulnerable que es uno, es otra opción. Yo lo llamo comprometerse.

Comprometerse es escuchar la historia, retorcerse de ganas de hacer parte de ella y de hecho, decidir hacer parte de ella. El compromiso es decidir reírse con y no de. Y mientras uno se cree la historia y ve al otro creyéndosela, las cosas funcionan. No es un hecho que ese equipo (de amantes, de amigos, de hermanos…) esté destinado a permanecer imperturbable por el resto de la vida. Y en eso, mis queridos, radica lo que más me gusta y me asusta de este tema. Uno nunca sabe qué está cocinando al comprometerse. Nunca. Pero esa no puede ser una razón para no coger una cuchara, abrir la olla y probar. Es que no saber nunca qué va a pasar mañana no puede impedir (y de hecho no lo hace) el movimiento. Me da hambre de sólo pensarlo.

Los cuentos de hadas existen si dos personas están de acuerdo que así es. ¿Quién les dice que no? Ese tipo de verdades se nutren del consenso (amor, depronto) y la única forma de matarlas es dejar de creer en ellas. Uno no ve una película porque cree que eso que está viendo es real. Uno hace un pacto de autoengaño (decide creer temporalmente), si se quiere, apostándole a ciegas (siempre es a ciegas) a un fin mayor. De entretención, interrogación, catársis, yo qué sé. Y mientras el autoengaño dura, es delicioso. Por eso detesto que usen el celular en cine. Despertándose cada tanto. Zombies.

Pues sí, con esto no tenía otro objetivo que pensar el compromiso, a la luz de estos seres maravillosos que se ríen con, alejándolo del planeta religioso-de-buenas-costumbres-sobreactuado y acercándolo al planeta hombre-vulnerable-que-decide-ser-feliz. Suena rosado pero no lo es. Que yo me vea rosada no quiere decir que todo lo que salga de mi boca sea de ese color. No se confundan.

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