No sé estar saludablemente interesada en algo.
Cuando lo intento, el interés se convierte inevitablemente en obsesión. Y la obsesión se me mete por la nariz y no me deja respirar. Me traga viva.
Por eso intento vivir des-interesada.
Y me obsesiono con esa idea. Y la obsesión me traga viva por segunda vez.
Llevo tanto tiempo intentándolo, que intentar se me convirtió en costumbre.
No me interesa lograrlo. Me interesa, me obsesiona, intentarlo. Me acostumbré a intentarlo.
Una obsesión que se convierte en costumbre, es como un chicle seco debajo de una mesa.
Y el que lo encuentra por equivocación, hace una mueca, se asegura de no haber sido visto haciéndola y se lava las manos con jabón.
Y el que lo pegó, no se acuerda.
Cuando uno adquiere una costumbre, no puede pensarse sin ella.
Y tiende a creer en el destino, en la no-razón del destino. En el destino como única razón.
Tiende a creer que siempre la tuvo. Que nació para tenerla.
Ese es el efecto de consolidar costumbres en obsesiones y no en intereses saludables.
Uno tiende a creer que nació con un chicle duro y gris pegado en la frente.
Odio no tener costumbres bien cimentadas.
Supongo que hasta que no aprenda a interesarme, no tengo derecho a quejarme.
Y hasta entonces, seguiré agrandando mi colección de obsesiones.
Al final, tendré la colección de obsesiones más grande que jamás se haya conocido.
Y me interesaré en cuidarla.
Ese es mi destino.