– ¿Alo?
– Buenos días, ¿podría comunicarme con Marciana Salazar por favor?
– ¿Marciana? No señor, está equivocado.
– ¿Cómo así que estoy equivocado?
– Sí señor, acá no vive ninguna Marciana Salazar.
– No, yo no le estoy preguntando si ella vive ahí, yo sé que ella no vive ahí, ella vive conmigo. Lo que necesito es que me la pase, si no es mucha molestia.
– Yo no conozco a nadie que se llame Marciana.
– Tampoco le estoy preguntando si la conoce, sé que no lo hace. Ella nunca se va a dejar conocer. Le estoy pidiendo que me la pase al teléfono.
– ¿Cómo quiere que le pase al teléfono a alguien que no conozco?
– ¿Necesita usted conocer a alguien para pasármelo al teléfono?
– ¿Esto es un chiste? Nunca he visto ninguna Marciana. Le voy a colgar.
– ¡Señorita, espere!
– Señor…
– Con todo respeto, depronto no ha buscado bien. Ella debe estar ahí en algún lado.
– ¿Buscado bien? Señor, usted está llamando a mi casa. Sé quién entra y quién sale. Le aseguro que no hay ninguna Marciana por acá. Debe haber marcado el número mal.
– Sí, tiene razón. Disculpe haberla incomodado.
– No hay problema, lamento no conocer a Marciana para poder pasársela al teléfono.
– Sí, yo también. Hasta lue…
-¡Espere!
– Dígame.
– Creo que estoy viendo a Marciana.
– Señorita, no es chistoso. Yo ya le pedí disculpas. Sé que Marciana no es un nombre común pero no es motivo de…
– No, en serio. Espere un momento, por favor.
– Está bien.
– ¿Alo?
– Señor, no me va a creer pero una mujer que asegura llamarse Marciana se acaba de colar por mi ventana.
– Señorita, le creo cada palabra. Pásemela por favor.
– Sí, un momento.
– Martín, no voy a volver a la casa.
– Marciana, mi vida, ¿cómo estás? Dame la dirección del sitio en el que estás.
– No, estoy harta de esto. No quiero saber de tí nunca más.
– ¿Cómo me vas a hacer esto?
– ¿Ahora yo tengo la culpa? Martín, uno tiene sus límites.
– Ciani pero…
– Pero nada Tinti. Me perdiste y debes asumir las consecuencias. Esto es lo mejor para los dos y lo sabes.
– Sí Marci, lo sé, pero tienes que entender que…
– No tengo que entender nada Tin.
– ¿Entonces esto es un adiós?
– Como lo oyes.
– Te extrañaré Eme.
– Yo también Te.
– Te amo.
– Yo a tí.
– Vuelve a casa, linda.
– Mi amor, ¿pero quién me asegura que no va a volver a ser todo igual?
– Yo. Te juro que voy a dar todo de mí para que así sea. Dame otra oportunidad.
– No sé.
– Te lo suplico, esta es la última que te pido.
– Está bien, ¿te doy la dirección entonces?
– ¡Sí! Ya mismo salgo por tí.
– Señorita, ¿cómo es la dirección de acá?
– ¿La dirección?
– Sí, es que Martín va a pasar por mí.
– Ehm, sí. Regáleme un segundo la busco. Me trasteé hace poco.
– Sí.
– Amor, la señorita está buscando la dirección.
– ¿Cómo así? ¿No conoce la dirección de su propia casa?
– No, lo que pasa es que hace poco…
– Ya la encontré. Es esta.
– ¿Escuchaste Tinti?
– Sí preciosa, ya salgo por tí.
– Acá te espero. Te amo.
– Yo a tí. Adiós.
(cuelga el teléfono)
– Gracias por el teléfono.
– …sí, claro… ehm, de nada.
– ¿Quieres algo de tomar mientras lo esperas? Digo…
– Bueno, gracias.
– ¿Sí quieres algo? Digo, claro, yo te ofrecí. Bajemos a la cocina.
– Qué amable, estoy muriéndome de la sed.
– Con gusto.
– ¿Puedo hacerle una pregunta?
– Sí, dígame.
– ¿Usted siempre duerme con las ventanas abiertas?
– ¿Qué qué?
(suena carro llegando)
– ¡Llegó Martín! Gracias por todo.
– (silencio)
(abre la puerta principal y sale de la casa)
«Night Windows», Edward Hopper.
