Tengo la hostilidad silenciosa de una vieja a la que su nieto le partió la punta del dedo índice de su bailarina de porcelana favorita. Que si no fuera por sus principios (y porque cambió el piso de la cocina hace poco), lo mataba a sangre fría con el mazo con el que se ablanda la carne (que está en el cajoncito que falla a veces y que no va a mandar a arreglar). Esa vieja que le sonríe a su nietesito diciéndole «eso le puede pasar a todo el mundo», mientras en su mente piensa que no, que eso le pasa solamente a los retrasados mentales.
Tengo la hostilidad de esa vieja que en ese momento -con su nieto en frente al borde de las lágrimas y los mocos escurridos- está reiterando que el mundo sería mejor si no se le permitiera a cierto tipo de personas tener hijos. Que si ella fuera la mamá del niño, le partiría el tractor que le dio en su cumpleaños su papá (que dejó a su mamá por otra y cree que con ese estilo de regalos, su hijo no lo va a dejar de querer cuando tenga 11 y no tenga a quién llevar el día de «Lleva a Papi al Colegio»), para quedar a mano.
Tengo la hostilidad silenciosa de esa vieja a la que le sangran los oídos cada vez que le dicen «abuela» y prefiere que la llamen por su nombre. Esa señora cascarrabias que cree que su nieto le dice «abuela» para hacer énfasis en que probablemente ella se va a morir antes que él. Para hacer énfasis en que no aprovechó su juventud por culpa de ese viejo narizón (que en paz descance), que al morir, lo único que le dejó fueron deudas y una colección de fotos de mujeres bonitas pero tuertas.
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FE-NO-ME-NAL