"¡Camina!"

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Hace poco presencié una escena que no he podido sacarme de la cabeza. Una niña de unos 16 años estaba caminando por la acera junto a una pequeñita -su hija- del brazo.

Se dirigían hacia el jardín infantil y era fácil percatarse que estaban de afán. La chiquita, con el pelo empapado, iba llorando, refunfuñando y deteniéndose cada tanto; provocando que su mamá la halara con más y más fuerza del brazo.

En esa lucha diría que caminaron una cuadra y media, hasta que la niña, exhausta de seguirle el paso a su mamá (un paso de ella eran tres suyos), no aguantó más, soltó la lonchera y se detuvo por completo.

Acto seguido: la niña de 16 años se llenó de ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas y las venas del cuello se le brotaron. Estaba cansada y apenada, ya no le importaba si llegaban o no a tiempo al jardín infantil, toda la ciudad la estaba mirando y lo único que quería era desaparecer, que la tierra se la tragara a ella y a su hija.

De repente y sin previo aviso, la niña poseída por la cólera gritó «¡Ana María, no más!» y le pegó una palmada -que todavía me duele a mí- en el brazo. Pero su hija seguía sin moverse. Por el contrario comenzó a llorar muy fuerte, con la mirada enterrada en el cemento e intentando alcanzar algo del piso.

Mientras la mamá tomaba aliento para dar su segundo grito (y su segunda palmada), yo, reaccionando de la forma más inútil que se me pudo ocurrir, dije «¡Dios mío!» y me tapé la boca hasta el final de esta historia. «Que no más niñita malcriada, ¡camina!». Nada. Su hija, ahora apoyando una rodilla en el piso, definitivamente no quería caminar.

Todos los que habíamos presenciado la escena nos mirábamos angustiados, pensando que lo mejor que podríamos hacer sería convencer entre todos a Ana María de seguir caminando. Y sin embargo no hicimos nada diferente a quedarnos ahí, con nuestras rutinas detenidas, mirando, pero sin meternos en problemas.

En Bogotá somos así. En Bogotá no ayudamos pero tampoco dejamos de mirar. Morbosos e inútiles.

Mientras reflexionaba con cara de interesante sobre la hostilidad bogotana, la niña volvió a agarrar a su hija -esta vez del antebrazo- y prácticamente la arrastró mientras ella gritaba y se estiraba para alcanzar su lonchera del piso. La mamá, viendo que la niña no se apuraba y con ganas de darle fin a la situación, se agachó, agarró la lonchera y haló nuevamente a la niña para seguir caminando y desaparecer de nuestro campo visual lo más rápido posible. Pero la niña no quería caminar. Y no y no y no y no. Pasara lo que pasara, la chiquita no iba a seguir caminando.

La mamá se rindió, soltó a la niña -dejándole sus dedos marcados en el antebrazo- se sentó en el andén y se puso a llorar. Una viejita que llevaba una bolsa del supermercado en la mano, se detuvo y no sé si fue mi impresión (yo suelo inventarme estos detalles para sumarle drama a la cotidianidad), pero también se puso a llorar.

Por un momento, el tiempo se detuvo y todos los presentes estábamos llorando. La ciudad lloraba. Llorábamos porque la niña de 16 años odia ser mamá, porque a los niños pase lo que pase se les debe tratar con amor, porque la lonchera se había roto y había dejado salir una granadilla que ahora estaba hecha pedazos en el piso, porque las calles bogotanas están llenas de escenas como esta y nosotros lo único que hacemos siempre es decir «Dios mío» y taparnos la boca. Y aunque en reuniones sociales decimos odiarnos por ser así, la verdad es que no vamos a cambiar. Vamos a seguir haciéndonos los dormidos en el bus, para no cederle la silla a la viejita ciega con Parkinson que va en muletas.

El tiempo volvió a correr como siempre lo hace. Todos nos secamos las lágrimas. La señora de la bolsa retomó su camino. La mamá de 16 años se limpió la cara con la manga del saco. Ya más tranquila, bajó la mirada y vio a su hija intentando en vano quitarse un chicle azul que se le había pegado en la suela del zapato izquierdo.

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