"Fue perfecto."

Todo ha dejado de importar. Mágicamente.

Encantados aplaudimos, nos levantamos de nuestros lugares. Embelesados, con los ojos vidriosos y las rodillas temblorosas. Contemplamos el escenario que fue testigo de tal hermosura, el escenario que hace tan sólo unos segundos enmarcó el final de una verdadera obra de arte. Descansamos la mirada sobre la mujer que está frente a nosotros, intentando comprender su alma, abrazarla, pensando lo perfecta que sería nuestra vida si tocáramos el piano así, como La Pianista. Qué felices seríamos si fuéramos La Pianista.

Extasiados, recordamos el sentido de nuestra existencia, gracias al arte sabemos nuevamente quiénes somos y qué hemos venido a hacer al mundo. Conmovidos y con un ligero cosquilleo en las palmas (de tanto aplaudir), comenzamos a salir del teatro. “Fue perfecto.” Sacudidos, pensativos y cargando un cansancio dulce, placentero, de satisfacción, hacemos la fila para salir. Y no nos empujamos, ni más faltaba, estamos enamorados de la humanidad entera para hacerlo. Ya nada importa. Dormiremos bien esta noche. No mejor que La Pianista, pero dormiremos bien. ¡Qué artista tan grandiosa, qué talento! Qué gran espectáculo. Debe estar muy complacida con su presentación.

 Estas situaciones espectaculares (¿acontecimientos?) incitan en nosotros una obsesión rara con el presente. Pero cómo no, ¡la belleza está floreciendo ante nuestros ojos! Se nos olvida parpadear, abrimos un poco la boca, nos sentamos en el borde de la silla, hacemos nonono con la cabeza, nos concentramos. La verdad es que poco nos importa si el artista fracasó muchas veces antes, lo que está haciendo en este preciso instante es hermoso y estamos presenciándolo. Es extraño. Como si por tocar piano, por pintar un cuadro, por componer una canción, por escribir una historia hermosa, los artistas gobernaran por un momento su sufrimiento y alcanzaran su mejor versión. Frente a nuestros ojos. Me gusta pensar que así es.

Como si los talentosos “pasaran por los aros sin rozarlos.” Como si los expertos hubieran nacido siendo expertos. Como si no tuvieran callos en las manos (y en la cabeza) de tanto practicar, de tanto repetir una y otra vez lo que no lograron en los primeros doscientos intentos. Como si jamás hubieran pensado que no sirven para lo que están haciendo. Como si nunca se les hubiera pasado por la cabeza que están perdiendo el tiempo.

A los artistas los solemos admirar por lo que vemos, no por lo que no vemos. Y a veces (no siempre) lo que no vemos, lo desagradable, lo perturbador, los golpes, las restricciones y los límites insoportables (interiores y exteriores), las obsesiones verdaderamente enfermizas, el dolor intenso, las pérdidas, las despedidas desgarradoras; todo eso es justa y paradójicamente el motor que permitió que estas obras de arte fueran paridas por su creador.

El artista está obligado a cumplir una condena agridulce, pues tener el corazón hipersensible y vulnerable, abierto de par en par, susceptible y disponible lo expone tanto a las posibilidades agradables como a las desagradables. Y es por eso es que para mi el arte baila cerca de la muerte. El verdadero arte duele, como debe doler ver al sol fijamente, como el éxtasis y la plenitud combinados. Como el miedo al fin, al momento en el que ya todo esté dicho y no tengamos otra cosa que morir.

Pero bueno, para qué les digo más. Voy a sesgarles una de mis películas favoritas: La Pianiste, del Director Michael Haneke (no apta para escandalizables/tías susceptibles que fruñen el ceño y se indignan con cualquier french poodle montando a su perrita). Los invito a verla en muy buena resolución y con subtítulos decentes y nítidos en mi gran descubrimiento, tará: Moviecity Play.

 

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