El talento. Esta mañana empezamos a desmenuzar el talento con mi papá. Por quinta vez este mes «sabías nena que hay quienes creen, estudios que comprueban, científicos que afirman, articulitos que uno se encuentra por ahí y comparte [para hablar bien de uno], que los genios, que los expertos, se cocinan como quien hace una torta de amapola. No sé cómo se hace una torta de amapola. Se cultivan como arbustos. Se construyen repitiéndose, repitiendo su cuento en cuanta cena, regando, podando, batiendo hasta conseguir el punto de nieve, como si uno fuera una papa, con tierra entre las uñas y con esto acercándose a la versión genial –que a lo mejor no es su mejor versión– hasta cuajarse. Y un día se la creen y se visten como genios y las personas comienzan a querer pasar tiempo con ellos. Y los invitan a comer y les dicen conste que yo lo conocí antes de ser genial».
Por qué no. Desequilibrios o equilibrios químicos, genes extraordinarios, desórdenes sobrenaturales. Puede pasar. Pero la disciplina es la puerta grande de la libertad. Y el genio se ve más libre que nosotros. No conozco el primero. Ligero de excusas cotidianas. Digo yo. Me gusta pensarlo así. O al menos escoge sus condenas. Debe hacerlo. No. O al menos es autoconsciente de las condenas que lo gobiernan. Y ser autoconsciente en un mundo como este es importante. De gobiernos tan complicados. No sé para qué. Para caminar con gracia. Para romper silencios incómodos. Para confundir al amigo no-autoconsciente y mandarlo a la cocina por otro paquete de papas con sabor a plástico. Y salsa picante. Yo a veces soy ese amigo. Y aprovecho y me tomo la última Coca-Cola con el queso holandés que sobró ayer. Uno siempre debe tener ese tipo de personas cerca –como yo– esos que se ríen cuando uno se pasa los trancones desmenuzando palabras con el papá. Amigos que nutren. El plástico sabe rico con salsa picante. Papas con sabor a costilla bbq de marrano genio. «Hablando de genios, sabías nena…»
