No he vuelto a escribir porque todo lo que se me ocurre poco o nada tiene que ver con el objetivo de este blog: mironear. Y como la adultez me llegó con una capa gruesa de obsesión y amor por los límites, prefiero no escribir. Para no perder el rigor que nunca he tenido pero que quisiera tener algún día. Si no escribo, no me equivoco. No escribir es equivocarse, niñita. Si no escribo, me equivoco más porque no practico. Extraño esos días en los que nada me importaba y escribía por necesidad. Estaba tonificada.
Pero uno se llena de excusas, ¿no? Para no hacer lo que tiene que hacer. Y ahora hasta negocio es «crearle excusas a las personas» y esperar que «les gusten» y «las compartan» con «sus amigos». Hacia donde uno mire se encuentra con buenas razones por las que no es reprochable dejar de ser productivo. Y sí, estoy suponiendo arbitrariamente (es mi blog, si no les gusta ahí está la puerta) que ser productivo es sinónimo de hacer lo que uno tiene que hacer. Por ejemplo yo, para no hablar mal de ustedes: yo siempre dejo de hacer lo que tengo que hacer por estar pensando en lo mucho que disfrutaría ser alguien que hace las cosas que tiene que hacer.
Es que antes, para sentarme a escribir, no necesitaba ni dónde escribir. Si era necesario, escribía notas en el celular en pleno trancón, metida en un bus apestoso al salir de clase de 6:00 pm de la universidad. Y aunque a veces me mareaba, era más grande mi necesidad por arrojarme en mi misma, por creer en mi misma, en mis ideas. Tan bella.
Ahora, Dios, necesito controlar hasta lo incontrolable para sentarme a escribir. Ahora me necesito sentar para escribir. De hecho en este momento estoy cometiendo el milagro de escribir porque se alinearon los planetas. Déjenme argumento: 1) no tengo sueño, quién va a tener sueño luego de dormir películas un día completo, 2) tengo las uñas recién arregladas (los invito a dejar de hacer lo que tienen que hacer y seguirme en Instagram para comprobarlo: @mun_equita), 3) hoy era día de dejar libre a mi novio (¿quién va a escribir con novio?), 4) hay una comunión mágica entre mi pijama, la temperatura de mi cama y mi nivel de hidratación, 5) ya leí, ya vi series, ya vi el partido de hoy y ojeé los respectivos comentarios, 6) tengo computador nuevo, comprado por mi y cómo no usarlo siendo tan lindo, 7) tengo el pelo limpio. En fin, ya entendieron mi punto.
Digamos que hoy soporto mi existencia, nada me molesta. O se me ha quedado algo por fuera y no me he dado cuenta –por favor no me hagan dar cuenta– y por eso puedo escribir. Uno debe ignorarse para escribir. Al menos si uno es tan insoportablemente quisquilloso. No hay que hacerle caso al viejito interior. El viejito que le dice a uno que le duele aquí, que ya no está para esos trotes. No me vengas con vainas, Silvia.



