Cada tanto tiempo siento la necesidad fisiológica de odiar a alguien. Cuando no lo hago, se me seca la lengua, me rasca la cara y los ojos se me irritan. Una vez me aguanté las ganas de odiar a la bruta que sostiene el letrero de Pare y Siga escuchando un audiolibro de cocina mediterránea y terminé en la clínica con la traquea cerrada y una sonda en la nariz. La doctora me dijo que había sido estrés y que debía buscar su causa última para no volverla a detonar (al menos si no quería morir). No fue difícil encontrarla y desde ese día odio a alguien cada tanto pues naturalmente no quiero morir.
Cuando llega la necesidad urgente de odiar, mi estrategia es buscar a alguien a quien no le importe que la odie. Casi siempre opto por un hombre (preferiblemente viejo o niño pequeño). A las mujeres todo nos importa, a todas las edades.
Odio a los viejitos triunfantes que se montan al bus con la certeza de que su decrepitud les asegurará una silla. Una vez los veo sacar el brazo para detener el bus, el tiempo se detiene, siento una punción en la boca del estómago, me agarro del tubo, cierro los ojos y los odio en silencio mientras me cuelgo la cartera, me paro de la silla roja (porque los que están en la silla azul están siempre dormidos, me pregunto por qué), maldigo el tráfico de la carrera 11 y me hundo los audífonos hasta el cerebro.
Después de tres canciones de mi lista «easy listening», el odio desaparece y me invade una sensación de indiferencia, cansancio y desconocimiento. A veces incluso olvido dónde me tengo que bajar. A veces incluso olvido que algún día envejeceré y seré una viejita triunfante.
Esperemos que no esté en Bogotá para ese entonces. Ni que deba coger bus. Por el bien de todos.
