Extraño conversar. Extraño entrar a lugares extraños, oscuros a veces y salir diferente. Todos los lugares que visito últimamente son idénticos, tan llenos de luz que me cuesta fijarles la mirada. Pierdo el interés. Rara vez me siento transformada por ellos. Prefiero el silencio.
Recuerdo cuando tocaba puertas y recibía invitados. Les ofrecía un recorrido largo por mis lugares favoritos, les daba suficiente tiempo de parar y tomarse fotos. Y a quienes tenían el estómago, el tiempo y el humor, los llevaba a los lugares que odio. Algunos se iban a la mitad del tour, otros me daban propina y me recomendaban por Tripadvisor.
Ahora solo conozco recepciones, salas de espera y lobbys. Soy una visitadora médica que lidia con secretarias, vigilantes y buzones de voz. No sé dónde vive nadie, en qué piso, si hay ascensor, no sé dónde quisieras vivir o si estás haciendo algo para irte a viajar a algún lado.
Me siento en un lugar artificial en el que son queridos conmigo porque les estoy dando propina. Siempre de vacaciones, siendo una turista engañada que se toma las mismas fotos de todo el mundo y vuelve a casa con la maleta llena de souvenirs chinos.
A veces me topo con puertas nuevas, de madera vinotinto con la cerradura oxidada o corredizas de plástico fucsia y me emociono. Las abro con lentitud, como si me estuviera comiendo el último brownie con arequipe de mi vida. Pensando qué estará detrás, si me estará esperando, qué cara hará cuando me vea.
Y qué placer encontrarte, siempre y sin excepción, con ganas de pasar la tarde tomando algo rico y haciéndome un recorrido largo por todos tus lugares favoritos. Y los que odias. Ya que entramos en confianza, tengo el producto perfecto para ti.
