Estar frente a alguien y no poderle decir absolutamente nada. Y no por falta de boca o de asuntos a tratar, ni muchos menos por falta de interés. A veces, muchas veces, uno no saluda sencillamente, porque uno no quiere despedirse. Porque es preferible imaginar una escena perfecta en la que uno no tartamudee (ni verbal ni no verbalmente). Porque algunos de nosotros vivimos más tranquilos cuando logramos mantener variables -como por ejemplo, la vida misma- bajo control. Y es una estrategia perfectamente válida, sí. Despedirse de algo valioso, soltarlo y dejarlo a su suerte, es una experiencia muy dura. Y normalmente no es voluntaria. Y por eso pica y es tan complicado saber cuándo irse. Por lo general uno se equivoca y se arrepiente de haberse ido. Normalmente uno no lo acepta nunca. Y si lo acepta, lo hace de una forma mediocre, contándole a un extraño, escribiéndole a cualquier persona, trabajando, leyendo, llenándose la boca de chocolate o nadando. Yo me he despedido pocas veces porque he saludado pocas veces. A propósito, me molesta la gente que no saluda con ganas (que es la mayoría), que al dar la mano, hace cara de estar tocando un pescado baboso. Como si no todos mereciéramos una sonrisa amable y sincera. Haciéndonos los que no nos importa absolutamente nada además de comer, dormir y ver películas. Como quinceañeros eternos expertos en desviar la mirada de quien viene en frente. Ay, no te ví, qué raro, cómo estás, cómo te ha ido, tenemos que vernos. Las personas somos enredadas. Queremos tantas cosas y cuando por fortuna se nos cruzan en frente, o bien creemos que es un truco y miramos hacia todos los lados (seguramente buscando a algún dios para devolverle el guiño), o «cambiamos de parecer», o se nos multiplican las ganas de abrazarlas, tanto, que nos da miedo partirlas. Y no nos movemos. Y ni las vemos, ni las tocamos, ni admitimos que bien podríamos tenerlas. Que merecemos tenerlas. Que no hay nada que quisiéramos más en el mundo que darles un beso.
maravilloso.