Dime mis prejuicios y yo te digo los tuyos, miau

¿Cómo no enamorarse de quien puede señalarte tus prejuicios? ¿De quien en efecto lo hace? ¿De quien descarga su dedo índice sobre ti y te enumera la lista incómoda de aquellas verdades que tanto gritas y que, pensándolo bien, no gritarías si lo pensaras bien?

Enamorarse de quien te dice lo que quieres oír supongo que es fácil. Las personas que se mantienen al margen y saludan y deciden* decir «un gusto» cuando de gusto no tiene mucho, están bien. A mi me gusta convivir con ellas. Aprendo de su prudencia. De su diplomacia. De su capacidad de no tomarse todo tan en serio. Miento. Esas personas se toman todo muy en serio, menos a sí mismas. Miento. Esas personas se toman todo muy en serio, incluyéndose. Es por esa misma razón que asumen su responsabilidad sobre la tranquilidad de los demás y no empujan en el bus.

Voy a hablar de mi, como siempre. Yo, por ejemplo, trabajo en aguantarme las ganas de jugar a la catapulta con el tenedor y el puré de papa. Creo firmemente que no tengo derecho de ensuciarle la camisa de puré de papa a una niñita solo por el hecho de que comenta cada cosa que hago diciendo «esta sí que es la mejor que has hecho». Creo que todos debemos sonreírle y dejarla en paz, pues a lo mejor ella no decide (o a lo mejor el que no decide es uno). Ah, y es importante aprender a decir que el puré de papa está delicioso cuando en verdad está aguado.

Ay, pero llega un día, soleado, en el que una persona deliciosa como un puré de papa bien hecho, ve tus intenciones de atragantar a la niñita escandalosa y te delata frente a todos. ¿¡Dime cómo rayos no te enamoras de esa persona!?

Rust
A propósito: True Detective tiene la culpa de mis delirios actuales.
*[Nota prejuiciosa: si no deciden, no están bien].

Deja un comentario