Hace unos días estuve visitando a unos amigos y uno de ellos me preguntó por qué me rehusaba a bajar Facebook Chat Instant Messenger. Me dijo «no entiendo por qué las personas sufren por esas bobadas, yo sí la descargué desde que salió y soy feliz». Me sentí incómoda, arrugué la nariz, no supe cómo defenderme, retiré la mirada, alargué el brazo para alcanzar el maní con pasas, tomé un puñado y me lo comí en silencio. Lo dejé pasar.
La verdad es que no puedo explicar por qué sufro por esas bobadas. Lo que sí sé es que lo hago y –¿saben qué?– mis razones debo tener. Todas las personas tenemos nuestras razones. Así no salten a la vista. Habría que preguntarse por qué a veces no las encontramos. Depronto no las buscamos. O a lo mejor, las buscamos en el lugar equivocado. Es que por Whatsapp es complicado buscar razones. Se puede, pero cuesta. Dedicación, esfuerzo y concentración. La tacañería debería engordar. Tengo ganas de maní con pasas. Sea como sea, las razones no vienen en formato de lista de compras o de tablero de Pinterest. No señores. Las razones vienen en formato de tejido, de recuerdos a medio-enterrar, de árbol que más o menos sabe dónde termina pero no tiene idea dónde comienza. En formato de mesa, un postre rico o varias cervezas y la tarde libre.
Yo creo que sí tenemos tiempo y sencillamente decidimos invertirlo en otras cosas más importantes que buscar las razones de las personas: buscando gente nueva para seguir en Instagram o bajando todas las apps que Facebook continuará sacando como patadas de ahogado. Cada cual con sus bobadas. Sean felices. *emoticon azul con las manos en la cara y gesto de fin-del-mundo*

Hace un momento terminé de ver una película. Se llama Disconnect (2012). Qué película tan fuerte. IMDb la describe como «A drama centered on a group of people searching for human connections in today’s wired world». Y sí. No sé si searching sea la palabra que yo usaría para describirla. Me parece un poco suave. Y si debiera usarla, mínimo la acompañaría de desperately. Recomendada.

Las redes sociales siempre me han interesado mucho. Y no desde la óptica de Community Manager, Creadora de Contenidos, Social Media Expert o de Insight Analyst. Ni siquiera entiendo la diferencia entre todos esos roles. Me interesan porque son espacios raros, limbos temporales y espaciales, vitrinas auto-gerenciadas, en las que todos somos sobreactuados y calculadores a la vez. Son espacios en los que sabemos qué hacer y no hacer si queremos ser coherentes con la imagen que queremos dar. Un banquete para mironear.
No estoy en contra de las personas cuya labor es crear contenidos :P, de hecho muchas personas que admiro se dedican justamente a eso. Sencillamente creo que quien vive del mundillo de las redes sociales, no puede sufrir por las bobadas por las que yo sufro. O al menos no se le puede notar. Podrá sufrir por otras pero no por esas. Y tendrá sus razones para hacerlo. Y me interesará conocerlas, claro está.
Si hipotéticamente todos debiéramos dar cuenta de nuestra existencia creando contenidos, uno debería tomar buenas decisiones y seleccionar bien sus plataformas para hacerlo. Supongo que de acuerdo a su personalidad y a su colección de bobadas. Yo, por ejemplo, cerré Facebook porque me quitaba mucho ancho de banda y no me daba tanto a cambio. Si uno es morboso, mirón, no soporta tener cosas pendientes en rojo y blanco y tiene mucho que hacer, es mejor no tener Facebook. Quizás es mejor tener Instagram: @mun_equita .

Si tuviera la disciplina, optaría por probar mi existencia escribiendo regularmente sobre las redes sociales. Quisiera compartir algunos tips de buenos modales al chatear y abrir discusiones sobre cómo los dos chulos azules en Whatsapp en efecto ponen a prueba nuestra percepción de la cortesía. Quizás el próximo año.
Hace poco estaba leyendo sobre los beneficios de una buena noche de sueño para la piel y me crucé con un artículo que decía que en algunos lugares del mundo se pasa más tiempo interactuando con pantallas que durmiendo. Eso explica por qué hay tantas personas que van por la vida con miles de seguidores y la piel fea. También explica por qué en Korea una pareja dejó morir a su hijito de inanición por estar jugando un juego en línea. Para los preguntones, el juego se llama Prius, irónicamente tiene un nivel en el que el objetivo es cuidar una niña y hay un documental [más bien malo] al respecto que se llama Love Child (2014).
Hay mucho mojigato de las redes suelto, que por alguna razón –¿nos tomamos una cerveza para que me la cuenten?–, se avergüenza de admitir que adora estar al tanto de la vida perfecta de los demás (a estas alturas, con filtros, ajustes de privacidad, caritas, buscadores, blogs, quien no tiene una vida online perfecta, que me llame y voy a su rescate). Mucho mojigato que le sigue secretamente la pista a su ex, que a propósito, se puso divina cuando terminaron. El mismo que puede pasar un día completo sin bañarse por estar viendo memes, videos ridículos y gifs y no lo va a aceptar jamás. Claro que no, ni más faltaba. Estabas trabajando.
Perdí la cuenta de cuántas personas, cuando les pregunto para qué descargan Facebook Chat Instant Messenger si ya tienen Whatsapp, en vez de decirme «porque disfruto tener la posibilidad de que alguien interrumpa mi vida aburrida de una vez por todas y me salude» o sencillamente «porque se me da la gana», se excusan diciendo que es para usarlo de vez en cuando, se ponen nerviosos, que para estar en contacto con los de la oficina, que no es lo mismo, que casi nunca se meten, estiran la mano para coger maní, miran por la ventana del carro, que incluso podrían cerrar Facebook como yo en cualquier momento. Pero es una bobada. Claro que sí. Acá la única que al despertarse lo primero que hace es coger el celular, soy yo.

Nos hemos vuelto expertos en exponer nuestro mejor ángulo, en crearlo en caso de no tenerlo. Nos hemos distanciado y acercado. No entiendo cómo a todos no les pica un poquito eso.
