Doctor lector,

No he podido escribir y estoy que me vomito. Me marea considerar el hecho de que ya no me estoy creyendo lo que hago. Siempre he estado consciente de lo buena que no soy, pero ese pensamiento conejito esponjoso con el que podía pasear feliz, mutó en insecto peludo y está impidiendo que siquiera lo intente.

Entrar a los lugares con fachadas que me llaman la atención, se ha convertido en un verdadero reto. Me paso horas en El Silencio pensando en lo asustadiza que me he vuelto. El Silencio es un gran lugar para pensar tranquilo. Se lo recomiendo.

 Sinceramente me da miedo lo que tenga por decir, Doctor lector. Usted, que todo lo dice saber. Usted que todo lo manosea, que todo lo ama y todo lo odia. Me da miedo que se entere de los lugares a los que quiero entrar. 

La alergia me comenzó una tarde que pasé 3 horas comparando mi blog con los blogs juiciosos de la gente disciplinada/intensa/a la que le pagan por tenerlos de pie y en vez de tomarlos como ejemplo de constancia, me congestioné. 

De tanto intentar tocar a las personas, creo que alguien me contagió de alguna enfermedad en el ombligo, pues, me avergüenza decirlo, ya no puedo parar de verme el mío. Me congestioné porque, después de pensarlo poco (donde lo piense demasiado, me vomito y no quiero dañar el computador), creo que estoy mirándome demasiado, escuchándome demasiado y me estoy quedando sin qué decir.

 Discúlpeme lo interrumpo, Doctor lector. Hay algo más que debo contarle antes de escuchar su diagnóstico. Creo que no escribo porque me estoy distrayendo muy fácil. Cuando bajo la cabeza para buscar la «ñ», veo mis uñas perfectas y hasta ahí me llegó la concentración. Me quedo pensando en las manos de mi mamá y en las de mi abuela, pensando cómo me gusta verle las manos a la gente que acabo de conocer. Pensando en el miedo que me da que se me arruguen sin haber hecho algo que valga la pena.

Pienso en cómo me gusta sacar conclusiones a partir de cómo me miran las manos los hombres que me gustan. De cómo es de difícil dibujar un par de manos decentes y de lo feas que son las uñas mordidas, las uñas sucias, las uñas demasiado anchas, las uñas amarillas, uñas que se agarran de lo mismo que me agarro, que oprimen los mismos botones que yo voy a oprimir. Dedos que uno no sabe dónde han estado y que por alguna razón terminan teniendo el permiso de acariciarlo a uno. De la nada. Porque, Doctor lector, estará de acuerdo conmigo cuando le digo que toda caricia siempre sale de la nada. Y es mejor que así se quede. Saber los orígenes de una caricia, así suene a bolero, es un poco sádico (porque ya sé la diferencia entre masoquismo y sadismo).

Eso era todo. Ahora sí, lo escucho.

 

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